Pescando para pescar

La Flota del Golfo fue una de las primeras fundadas por la pesca revolucionaria. Muchas páginas de consagración cotidiana —que por normales casi siempre pasan inadvertidas-, han sido escritas por estos héroes anónimos. Esta crónica es un modesto tributo a su labor

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Cuando se viene de La Habana por el camino de los Arroyos de Mantua, se atraviesa el archipiélago de los Colorados por dentro; buscando un canal al que los pescadores no hay Dios que le diga canal, sino "quebrado", que nombran La Galera. Pero no crea que es fácil encontrarlo.

Hay que saberse al dedillo las puntas de los cayos y las lomas de tierra firme, pues a manera de balizas, son las únicas referencias con que cuenta el navegante, y es por eso que Pedro el Cotorro va tan concentrado que ni almorzar quiere. Y es posible también que sea por eso que casi toda la marinería de experiencia no se despega de la proa hasta tener a los Arroyos en las narices; mirando a un lado y a otro las motas blanquecinas sobre los rompientes de los flancos y el fondo arenoso y serpenteado de seibadal del canal, mejor dicho: "quebrado", rozando casi los ocho pies de calado del Lambda.

El caso es que llegamos, aunque a ratos haciéndole cosquillas al fondo. Como siempre, todos se acicalan y corren a tierra para regresar tarde en la noche, con la mirada chispeante y una muesca más en la culata del "fusil"…

A la siguiente mañana comienza la pesca de morralla, o como el título infiere: "pescando para pescar", porque se trata de escribanos, carnada ideal para la captura de chernas, serruchos y otras especies en la Sonda de Campeche.

Entre cuento y cuento el día se despereza. Y digo así porque está Ciclón (conocido también por Sixto) y sus narraciones del sábalo del cual comieron los poblados de Arroyos, Mantua, Guane y, con un tantito más de imaginación, Mendoza también, o la del mamey de Soroa, de dimensiones a lo García Márquez. Todo contado entre mascadas de tabaco y sin dejar de fabricar nasas para la venidera corrida de la cherna.

Entre tanto, el Sondero enfila Punta Dimas, en un nuevo reto al "quebrado", mejor dicho: canal, y a los traicioneros bajos que le rodean. La máquina resopla como bestia agotada y a bordo viaja un sustancial refuerzo de pescadores de otros barcos. Porque lo que se avecina es cosa de hombres, y uno no se explica qué diablos hace aquí este puñado de muchachos, y mucho menos si en verdad pretenden batirse mano a mano con veteranos de Yucatán y Campeche.

BUENOS DÍAS, PESCADORES

Casi el sol le está dando los buenos días a las sierras orientales cuando cuatro lanchas cherneras arrastran, a paso de tortuga, la inmensa red pacientemente tejida y remendada por infinidad de manos.

Falta una hora para lo mejor del cuento, el desenlace; y sobreponiéndose al pedar de los motores, la gente comenta sus aventuras de anoche o echa humo azuliblanco por bocas y narices, mientras la red arrastra consigo todo lo que encuentra en su ruta hacia los mangles del firme.

Entonces se sabrá quién es quién, pues desde arriba del bote cualquiera pesca, pero cuando a este le falte mar y haya que saltar al agua fangosa más arriba de la cintura y entre una maraña de seibadales y pececillos picoteando muslos y piernas; ah, repito, entonces se sabrá quién es quién…

Todavía los sesenta minutos de arrastre no han concluido, y la claridad devuelve su lozano verdor a la serranía de Guaniguanico y su Loma Pelada de quinientos metros de altura. Aunque a lo lejos ya se advierte al Cotorro, el Patrón del Lambda, indicando a las lanchas que comiencen a cerrar el cerco.

A veces da la impresión de que vamos hacia ninguna parte, pero a continuación que caemos sobre el rojiverde manglerío de la costa. Así, hasta que unos brazos describiendo un círculo, indican que el momento ha llegado, cesando el pedar de los motores en medio del chapoteo de los cuerpos lanzados al agua y los pies que resbalan o se entierran entre la vegetación y el fango, y los rostros enojados de los veteranos clamando silencio "porque espantan al escribano, partía de cabrones…"

QUIÉN ES QUIÉN

La suerte está echada. Minuto a minuto desaparece la posibilidad de escapar al cerco y, ante cada embestida de la "bola" de peces, decenas de brazos elevan la pared de malla. Y solo entonces empiezo a comprender que aquí todo el mundo es "Quién".

El sol muerde implacable sobre los hombros y cada resbalón los refresca. Los punteros convergen y las lanchas se aproximan al copo del chinchorro. La Cerda y Vidal saltan a él, armados de sendos jamos, señal de que se puede hablar a todo pecho. El aleteo de las presas desentumece las lenguas.

De boca en boca corren los pronósticos. Que si tres mil, que si cuatro mil libras, pero el asunto es que ya La Cerda y Vidal vuelcan jamo tras jamo sobre las barrigas de las lanchas, y a la gente se le ha olvidado que llevan más de media mañana con el agua al pecho y el escozor provocado por el "caribe" atormentando el cuerpo.

Alguien grita "¡Picúa!", pero todos permanecen en sus puestos. Me pregunto de qué coño están hechos estos pescadores que ni en picúas creen; y aunque resulta falsa alarma, el alarmado soy yo, que miro y remiro a mi alrededor por si acaso. Ellos, en cambio, siguen sacando escribanos y adujando los pliegues del chinchorro para el siguiente lance.

Sí, porque nadie repara en que desde hace rato está sonando la señal del reloj biológico que recuerda la hora del almuerzo, y sí que sus compañeros de la Flota del Golfo necesitan carnada fresca para las pesquerías en Contoy y Catoche.

MAÑANA ES OTRO DÍA

Tras asegurar el producto del primer lance, se repite la maniobra de las lanchas arrastrando el pesado arte, y los hombres saltando al agua, y así hasta que la loma de escribanos es respetable y todos comprenden que por hoy se ha cumplido con el deber.

Al atardecer, el camino de regreso es el mismo. Un permanente chorro de agua salada mantiene lozana la carnada sobre la cubierta del Sondero, y el Puro da jaque mate a las cuberas, roncos y biajaibas que los más listos separaron para el almuerzo-comida.

De este modo los veteranos y los jóvenes pescadores empatan un día con el otro. Absortos en la dinámica de su labor y en las que se presenten con cada golpe de hélice, "pescando para pescar" en ese mar de todo el que lo trabaja.

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Fuente: EXCLUSIVO,
11/02/08

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