Héroes todos los días

Los pescadores de la costa norte capitalinos y de la provincia de La Habana, son actores de una de las más bravas pesquerías marinas. La siguiente crónica deviene tributo a su cotidiano bregar

EXCLUSIVO

0 comentarios

5 votos

Teje la luna un sendero de mimbre plateado sobre esta Corriente del Golfo por donde ahora navega el Ferrocemento palangrero. Su proa taja la mar, que se pliega y transforma en espesas ondulaciones. Una turbonada en ciernes se despereza en el horizonte, anunciada por ráfagas de viento y el fogonazo de los relámpagos.

—Vamos a tener una noche movida —comenta Socarrás, el Patrón.

—Sí —aprueba el dinámico Benito, sin apartar la vista de la línea madre y de los bajantes portadores de carnada y anzuelo que pronto su diestra mano sembrará en las profundidades.

En la popa, el joven Lázaro y Andrés el sonriente, colocan los mechones de petróleo encendidos en el centro de la X que forman los tableros.

—El aire no los apaga —aclara mi duda el primero—, pero con esta mar es difícil que resistan. Y si el mechón no alumbra, el peje no viene a comer. Eso no falla.

Rollizas masas de agua intentan golpear la amura de estribor (derecha) de la pequeña nave, de dieciséis metros y medio de eslora. Socarrás, el Patrón, presiente, más que ve, cada embestida, y enfila la proa a la ola en el momento oportuno.

Atrás se difumina la clareta de La Habana cuando comienzan a calar el palangre criollo de tres millas y media de longitud. Hay mar fuerza tres y un viento atrevido. Algunos tableros, al ser lanzados, parpadean breves minutos y se apagan.

—Otro más que no pesca —sentencia el dinámico Benito, y anima al joven Lázaro con "¡qué caramba, mañana nos anotamos par de tantos, ya verás!", y prosigue calando secciones hasta la cifra de 54, con 252 anzuelos encarnados con chicharro, macabí y ojo de emperador.

El final de la calada converge con el cenit de la turbonada, pasadas las tres de la madrugada. La fuerza del mar ha aumentado por lo menos en un punto, pero Andrés el sonriente me mira y dice, "trate de dormir, que la mar tiene coraje pero en el fondo no es mala".

No sé por qué sus palabras me saben a Hemingway, al viejo Santiago y "un hombre no se pierde nunca en el mar. Y la isla es larga…" Mientras un tripulante consume el primer turno de guardia junto al timón, sus compañeros descansan los húmedos cuerpos y se duermen en medio de esta furia desquiciada que nos proyecta hacia arriba y hacia abajo y hacia los costados, incesante, implacablemente. Y hasta yo me duermo.

—Ey, compay, el café está en el jarro —es la primera frase que escucho al despertar esta mañana que nada tiene que envidiar a la noche transcurrida. Ello no es óbice para comenzar a levar el arte de pesca. El dinámico Benito se adueña de la banda de estribor. A su lado el joven Lázaro. Andrés el sonriente a un costado de la popa.

Socarrás, el Patrón, sortea las gibosas olas a golpe de timón, y se aproxima al primer tablero del palangre, calado anoche a la altura de Jaimanitas, en dirección sudeste nornoroeste, y que ha derivado unas cuarenta millas hacia el este, paralelo a Guanabo.

Los rostros están ceñudos. Hasta el de Andrés. Las secciones del palangre continúan adujándose en el cajón de estribor y la pesca brilla por su ausencia…

—Es este tiempo de mierda. Casi todos los tableros están volcados. Si no alumbran, cómo va a haber pesca —dice a sí mismo el dinámico Benito sin dejar de otear la fila de tableros y boyas blancas que desaparecen y reaparecen en la azul distancia moteada de espuma.

—Tiene que haber pesca… ¡Tiene que haber pesca, cará! —exclama, y prosigue separando los bajantes de la línea madre que junto a él, aduja el joven Lázaro.

A las diez de la mañana, dieciséis secciones permanecen en el agua. El dinámico Benito me hace una seña:

—¿Ve aquel tablero?

—Sí —miento.

—Tiene pesca.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque una de las puntas está levantada.

Conoce su oficio este hombre. Entre él y el joven Lázaro halan el "brand" que trae a la superficie, primero, una larga y aplanada espada seguida de un ancho y cilíndrico pez de pronunciadas aletas y cola. Es un emperador.

—¡Arrímense pa´cá, que el muerto es grande! —clama eufórico el dinámico Benito. Andrés el sonriente lo agarra por el pico y Socarrás, el Patrón, lo embichera. Forcejean. Unas veces la mar sube el pez casi hasta la borda. Otras lo aleja.

—¡Cuidado con el pico, Andrés! —vocea alguien.

—¡Ahora, cará…! —y las doscientas veinte libras del animal se desploman sobre la cubierta.

El pez devuelve la sonrisa a Andrés y las palabras a sus compañeros.

—Te lo dije anoche, Lázaro, que por lo menos un par de puntos nos anotábamos. Vamos a buscar el que falta. El aludido asiente y sonríe. Y hasta Socarrás, el Patrón, siempre serio y parco de palabras siempre, también sonríe.

El otro pez no demora. Es otro emperador, pero de menor corpulencia. Felicito al dinámico Benito por su confianza en no irse de capotazo.

—Con Socarrás de patrón es muy difícil que eso ocurra. Siempre que sale trae peje, con buen o mal tiempo —afirma y, descorchando la botella, dice: "Me había propuesto no darme el ´primero´ hasta que no subiéramos un par de piezas… y bien sabe usté que la nochecita no pudo ser más húmeda…"

Sin novedad son levadas las últimas secciones. Desde aquí hasta Jaimanitas hay no menos de cinco horas de navegación y tiempo suficiente para conversar, almorzar, recordar la dura faena vivida. Sí. Hay tiempo para muchas cosas. Hasta para convencerme de que estos hombres sencillos e intrépidos son héroes todos los días.

---------------------------------------------
Fuente: EXCLUSIVO,
12/12/07

0 comentarios en Héroes todos los días

Deja tu comentario

Su correo nunca será publicado.

Normas para comentar en Cubahora

  • Esta es la opinión de los internautas, no la de Cubahora.
  • No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes cubanas o injuriantes.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.